lunes, 19 de marzo de 2012

19 de Marzo


No descubrí la crema catalana hasta que no probé la que hace la iaia. Anteriormente siempre había pensado que era como unas natillas con azúcar quemado por encima. Y posiblemente  no ande descaminado ante lo que te presentan en algunos restaurantes y productos de línea de supermercado.

Eso sí: tuve que esperarme hasta el primer 19 de Marzo que pasé en Barcelona. Solo ese día. Ya puedes llorarle y suplicarle. No yo, toda la familia (¡hasta su nieto, que lo consigue todo!). Inasequible. La crema catalana solo la hace ese día. Y siempre en los mismos platos que no sé donde guarda y que solo se usan para eso. Tradición pura. 
 Y no las describo porque no podría por mucho que me esforzara.

lunes, 12 de marzo de 2012

Recuperando piezad del puzzle

Hace un tiempo fuí a visitar la exposición que sobre el fotógrafo Josep Brangulí presentó el CCCB. Había visto alguna de sus obras en una presentación que me envió un amigo y siendo una gran curiosidad sobre la fotografía de los primeros años del siglo XX: placas de vidrio, maquinas de gran formato, exposiciones de minutos calculadas a ojo... Cuando veo estas fotos no puedo dejar de preguntarme que hubieran hecho con lo que nos da la actual tecnología. Sobre todo con la posibilidad de disparar miles de fotos en una jornada (todo se reduce a baterías y tarjetas) mientras que en aquel entonces cada toma había que pensársela y estudiarla muy bien, para no malgastar las placas que uno llevaba encima.
Otro aspecto que me impresiona es que, dados los tiempos de exposición (en interiores podían ser de minutos), la composición de la toma y de los personajes sigue un proceso parecido al que tuvieron que tener que realizar los pintores de siglos antes: colocar cada cosa en su sitio y su distancia estudiando proporciones y obligando a los actores a una sufrida inmovilidad total durante el tiempo de toma. Quizá por eso, en algunas de las fotos, son los niños los que salen a veces "movidos". Me acuerdo de una foto en particular, tomada en un taller de juguetería, toda un tratado de composición.
Pero como siempre, me enrrollo demasiado.
Porque el motivo de esta anotación no es la exposición en sí. Aunque lo merezca. El tema es que en una de las últimas salas, cuando comienzas a tener saturada tu capacidad de percepciones me encontré con esta fotografía que me dejó paralizado de asombro.

¿Y que narices es eso?
Pues nada menos que una versión de lujo de un aparato ortopédico que servidor tuvo que soportar durante dos años y medio (más o menos) a la tierna edad de cinco años, debido a una enfermedad ósea que todavía no he entendido muy bien. Me la definieron como "descalcificación de la cabeza del fémur" aunque creo que ahora tiene un nombre mas técnico. Cada vez que he tenido que explicar como era el dichoso "aparato" (porque en casa se le llamaba así "¡Ponle al niño el aparato!") me ha costado lo indecible. No es para menos. Y entre las escasas fotografías que han llegado hasta a mi de aquella época, en ninguna se ve el artefacto.
Me imagino que, más que por la escasez de fotos, por el cuidado que pondrían mis padres en que no apareciera. 
Me acuerdo a retazos de aquella época, cosas sueltas: que en el colegio me tenia que esperar arriba de las escaleras a que vinieran a buscarme, no poder ponerme unos pantalones largos, el cirio que se montaba cada vez que tenia que cambar de zapatos ya en el pie derecho llevaba un alza de corcho de más de diez cms (una delicia si fuera drag quenn), roles predeterminados en los juegos de la chiquilleria en el Retiro...
Y voy y me lo encuentro en una exposición de Brangulí. Otra pieza mas del puzzle.