Estaba yo intentando averiguar el tiempo que me iba a hacer este fin de semana, en que me voy a Boi-Taüll a ver las famosas iglesias románicas y de paso, disfrutar de un poco de paisaje pirenaico otoñal. Hace tres años que vengo diciendo de ir, pero nunca había ocasión.
Bueno, como decía me encontraba en esas navegando por la red meteorológica cuando me encuentro con este maravilloso artículo sobre el botijo. A mi ya se me han olvidado el cálculo integral, pero quedo impresionado (una vez más) del misterio de la evolución.
Seguro que los alfareros de todos los tiempos tampoco sabían de integrales y derivadas, coeficientes de porosidad y otras zarandajas. Pero poco a poco, por sabiduría heredada y contrastando con la experiencia (que hoy llamaríamos "técnicas de prueba y error"), fueron eligiendo materiales y formas, adaptadas a cada lugar geográfico, hasta perfeccionar un instrumento que, por lo que dice el artículo, hoy sería objeto de un I+D concienzudo y con altas inversiones.
Claro que bien mirado, se desecharía el proyecto por poco rentable: no tiene pilas que sustituir, garantía ilimitada sin necesidad de servicio técnico, material base con poca transformación y el más abundante del planeta, no gasta energía transformada... en fin, ruinoso para una cadena de fabricación en que todos tienen que "pillar" un "cacho".
A partir de ahora me lo pensaré dos veces antes de volver a soltar eso tan manido de "es/eres más simple que.."
No hay comentarios:
Publicar un comentario